“Verónica significa victoriosa” por Pilar Devesa


Pilar Devesa de nuevo, en esta ocasión ha realizado otro gran artículo/entrevista y muy amablemente lo comparte con “Mundo Lumpen” al igual que hizo con White Lady: los amores al límite, aconsejo y recomiendo su lectura totalmente. Muchas gracias Pilar por este valioso documento.

fuensanta

En los años 80 muchas mujeres adictas a la heroína cuidaban a sus hijos solas, sin la graciabilidad de ningún tipo de intervención pública, y sin que los centros neurálgicos de las ciudades se percataran de que el problema de la droga era más grave y complejo que estéticamente molesto y panfletario. Esta es la historia de Verónica, una joven de 28 años que posee de la década del caballo una de sus peores consecuencias: ella fue la única de sus tres hermanas en adquirir el VIH de manera vertical, transmitido desde el cuerpo de su madre.

“La vena está asustada”, dice Luis mientras hace un torniquete con un foulard negro, aprieta fuertemente el puño y busca ansiosamente en su brazo marcado un lugar en donde hincar la aguja. El caballo empieza a galopar por su sangre hacia el cerebro, camino de ese flash que algunos describen como un orgasmo eléctrico y otros como el alivio de una pequeña muerte. Sobre la mesa quedan los restos del ritual del pico: un polvito blancuzco, una hoja de afeitar, un vaso de agua, una cucharita de plata donde se realizó la infusión, una bola de algodón…

Javier Valenzuela y Ana Torralba (Nosotros los heroinómanos, 1978)

“Yo no sabía qué hacían con todos esos trastos, ni por qué lo hacían,
solo sé que a mí llegó a parecerme lo normal entre la gente adulta”.

A Verónica le cuesta mucho recordar anécdotas de su infancia, tanto es así que cuando la invito a presentarse brevemente evita por todos los medios mencionar en voz alta ciertas palabras concretas. En un intento por no resultarme dramática se limita a sustituir los elementos significantes con los que se siente incómoda por gestos fácilmente identificables. Entonces supongo que sus campos semánticos tabú están vinculados a las acciones de “drogarse” y “robar”. Seguidamente, tratando de hacer un esfuerzo -ella lo sabe- nada motivador, se ve a sí misma de camino al colegio, con alrededor de 5 años, lamentándose de no recordar que ningún familiar la acompañara nunca a la escuela y la despidiera con el envío de un guiño desde la verja del patio. También visualiza ahora bocadillos de paté, le parece fácil, los cuenta por decenas, por cientos. Los cenaba todas las tardes. Pero en un momento posterior llega a vislumbrar a su madre llevándola a casas bajas en caminos oscuros. Entonces, postrando sus ojos fijamente sobre el suelo parece estar comenzando a visionar y decide alzar su voz dirigiendo ahora su mirada a cualquier elemento superfluo y volátil de la habitación: “no exagero si digo que mi vida no fue como la de los demás niños de mi escuela. Con mi madre nunca salía de paseo por lugares normales, ella no me llevaba al parque o a comprar al supermercado. Nosotras cuando salíamos de casa era para ir a encontrarnos con hombres que daban miedo en lugares de los que quería salir corriendo. A veces, incluso los traía a casa y les veía pincharse juntos. Yo no sabía qué hacían con todos esos trastos, ni por qué lo hacían, solo sé que a mí llegó a parecerme lo normal entre la gente adulta. Me costó muchos años comprender la evidencia de que mi madre era yonqui”.

En los años 80 la adicción a la heroína desgarró los barrios obreros de las abotagadas ciudades. Las cifras de muerte por sobredosis se tornaron alarmantes y las familias de los afectados invirtieron grandes esfuerzos en tratar de reconvertir las conductas dependientes de sus allegados, alejados. Finalizada esa década, Verónica vivía en el barrio de la Fuensanta, en Valencia, con su madre y sus dos hermanas mayores con las que apenas mantenía relación: “siempre he estado muy sola, he crecido escuchando que mi madre me había encontrado en un basurero y, sinceramente, cuando no tienes otra teoría a la que aferrarte te terminas creyendo cualquier cosa”. Sumida en un profundo sentimiento de desamparo, solo encontraba consuelo en su abuela materna, a la cual intentaba visitar siempre que podía: “ella era mayor, no podía decirle que mi madre hacía cosas malas porque entonces había unas peleas muy, muy fuertes, y yo temía por mi abuela”. Verónica, poco a poco, aprendería a vivir en solitario porque sus hermanas comenzarían a hacer vida con sus parejas y porque su madre se ausentaba continuamente por las noches: “ella me decía que trabajaba como relaciones públicas en un pub, pero nunca lo sabré, como tampoco conoceré quién es mi padre. Porque esa información, y la de los padres de mis hermanas, se la terminaría llevando a la tumba”.

Habiendo sufrido una fuerte neumonía a causa del VIH, cuando la madre de Verónica murió a la edad de 48 años, ella tenía solamente 12 recién cumplidos y no se lo pensó: “sabía que mi abuela me acogería y entonces inicié junto a ella la mejor etapa de mi vida, la única en la que sentí el cariño incondicional de verdad”. Pero recibir cariño en una época preadolescente con unos antecedentes tan fuertemente marcados no era garantía de que los cambios inminentes se fueran a producir de una manera progresiva a la que ambas se pudieran adaptar. Verónica fue poco a poco abandonando los estudios y comenzó a salir con su grupo de amigas del barrio: “nos gustaba ir a la Malvarrosa, a comer hamburguesas al centro, lo que a cualquier chavalita”. Después comenzaron a salir con chicos y a los 16 años Verónica se quedó embarazada de Paco, su primer novio: “los dos nos quedamos contentísimos con la noticia, él estaba dispuesto a mantenernos en su piso que estaba en La Plata, pero cuando le conté todo a mi abuela tiró mis sueños a la basura porque me dijo que éramos unos niños para ejercer de padres y lo más coherente era abortar”. A Verónica de ningún modo le sorprendía que una mujer mayor y creyente reaccionara de tal manera: “mi abuela no era una mujer moderna, si quería que dejara perder mi hijo era, verdaderamente, porque Paco era gitano”.

Maria 2

Tras el aborto, Verónica perdió sus motivaciones y dejó de alimentarse como de costumbre. Sus defensas bajaron hasta límites existencialmente básicos y ese mismo año fue diagnosticada con VIH: “si nada parecía que podía ir peor, para colmo me convertí en la única de mis hermanas que desarrolló una enfermedad que yo siempre había relacionado con la droga, la cual detesto más que nada en este mundo. En aquel momento culpé a mi madre por haberse cuidado tan poco, por no haber tomado la medicación y por haber pensado tan poco en mí. Pero después comprendí que mi madre ya estaba muerta y ahora me tocaba a mí afrontar la situación”.

La relación entre Verónica y Paco continuó pero, si bien el aborto había supuesto una crisis parcial en su trayectoria, contarle lo del VIH terminó por hacer que él le acabara perdiendo todo el respeto: “si salíamos de discotecas se magreaba con cualquier chica en cuanto me despistaba. A mí me dolía mucho que me tratara así y muchas veces me salía de mis casillas y le armaba unos cristos que me tenían que coger entre varios. En esos momentos estaba muy susceptible y decidí finalizar la relación”.

Verónica continuó saliendo con las amigas, tratando de llevar una vida como la de cualquier otra joven y, a los dos años aproximadamente, conoció a Miguel una noche en Bananas: “él tenía 17, por entonces dos años menos que yo, pero la verdad es que al principio no se le notaba nada porque estaba lleno de tatuajes y me tenía muy en consideración: siempre me traía regalos”. Poco después Verónica se enteraría de la procedencia de dichos obsequios, pero se seguirá mostrando reticente a mencionar la palabra “robar” durante toda la entrevista: “Paco por el día no hacía nada, bueno sí, estaba en régimen de internamiento en una cárcel de menores y cuando salía solo era para hacer lo suyo o para venir a verme y, de paso, aprovechar para pegarme por cualquier motivo que se le ocurriera”. Verónica asegura que, pasado un tiempo, Miguel comenzaría a agredirla físicamente a todos los niveles: “su mal rollo comenzó cuando me quedé embarazada de él, ahí se le cruzaron los cables”. Verónica continuaba viviendo con su abuela en la Fuensanta, pero esta vez las cosas eran diferentes: ella era mayor de edad para decidir, tenía 19 años, y esta vez tenía dos motivos fundamentales que la invitaban a llevar a cabo su período de gestación: “por un lado sentía dentro una espinita por el bebé anterior que perdí y, por otro, sabía que mi abuela no tardaría mucho tiempo en morir y me quedaría más sola que la una”.

Hubiera deseado Verónica ofrecerle a su hija un embarazo tranquilo, diferente, de no ser porque Miguel se empeñaba en volver del centro de menores para agredirla a pesar de su estado: “me ponía tan nerviosa que una vez cogí un cuchillo y le amenacé con quitarle la vida si seguía tratándome así pero, a pesar de lo dramático del asunto, él siempre sabía cómo tranquilizarme”. Verónica, a pesar de sentirse desmoralizada, no dejó nunca de tomar sus retrovirales porque lo que más deseaba era prevenir que su hija fuera en un futuro diagnosticaVerónicada con VIH, así que durante todo ese tiempo hizo un gran esfuerzo por mantener un estilo de vida saludable.

Al año de nacer su hija, la abuela de Verónica falleció y ésta no dudó en abandonar el hogar que había compartido con la que siempre fue la mejor de sus amigas: “se me hizo imposible permanecer en su casa, todo me recordaba a ella, así que decidí entrar en un piso de mi barrio y lo ocupé junto a mi hija. No estaba mal. Pero ahí inicié una etapa en la que comencé a descuidar el tratamiento médico”. Al principio, comenta Verónica, una persona con VIH puede no ser consciente de que está enferma porque si no toma la medicación un día no sucede nada. Sin embargo, Verónica dejó de tomar sus pastillas de manera continuada y el virus fue regresando para atacar su sistema inmunológico: “me creí más fuerte que el propio VIH y en realidad estaba destrozándome por dentro poco a poco”.

En medio de varias crisis de mera supervivencia Verónica fue adquiriendo varias experiencias profesionales como camarera y como limpiadora. Había creado un hogar en su nuevo piso junto a su hija y mantenía, en relativa distancia, su relación con un Miguel que cada vez que se presenciaba motivaba un nuevo enfrentamiento: “pensaba que esa situación podía afectar negativamente a mi hija porque yo, de pequeña, también presencié momentos que no me gustaban. Y en eso precisamente debo ir un paso por delante de mi madre”. Entonces, Verónica finalizó cualquier trato con Miguel.

Seis años después, tras haber trabajado en otros tantos lugares y haber tratado de centrarse en sí misma, en el año 2011, con 25 años conoció a Juan, un chico de su barrio que le pareció adecuado en ese momento: “me sentí muy bien al llamar su atención, lo necesitaba, y además me gustaba más porque era un chico gitano. Pensaba en lo que a mi abuela le fastidiaría y me daba cierta risa melancólica, porque ahora ya no estaba para prohibirme que saliera con él”. Juan le ofreció una protección y compañía que ella no había dejado de buscar, a pesar de sus intentos por mantenerse independiente, pero fue tanto el nivel de exigencia por parte de él, que ella por inercia se vio sometida a todo tipo de nuevas vejaciones: ya te has ido por ahí a putear, me decía, cuando yo solo había salido al parque con la niña en el carrito”. Fue entonces cuando Juan recomendó a Verónica que se trasladaran su hija y ella a vivir a su casa: “a mí me gustaba que él mostrara atenciones; lo que yo no sabía es que él también ocupaba esa casa y más tarde tendría problemas con los dueños, así que me arrepentí de haber dejado la mía, que la consideraba segura para mi hija”. En aquellos momentos Verónica no le había dicho a Juan que tenía VIH y pasados unos meses él también fue diagnosticado positivamente.

“Juan me preguntó y, claro, le dije la verdad, que sí tenía VIH. Entonces, él me dijo que no me preocupara, que no pasaba nada: que me quería y aceptaba lo que había sucedido”.

Un mes después, Verónica se sometió a unas pruebas de control y fue diagnosticada también con Hepatitis C: “siempre he pensado que Juan reaccionó tan bien con lo del VIH porque él también me ocultaba que tenía Hepatitis”.

Verónica siempre recriminaba a Juan que lo suyo con el VIH se debía las jeringuillas, porque le había dado bastante a la heroína. Juan, en los mismos términos, decía a Verónica que la Hepatitis la había pillado de su primer novio, que se lo habían dicho en la cárcel. Y entre acusaciones, más discusiones y problemas con los propietarios de su vivienda, Juan comenzó a salir todas las noches a robar: “a mí no me gustaba lo que hacía, pero me molestaba mucho más cuando volvía a las 9 de la mañana sin nada, porque eso quería decir que en realidad había pasado la noche con otra mujer”. Con tal contexto, su relación se fue apagando. Verónica también.

“No comía, no tenía una vida saludable, había dejado los retrovirales. Siempre estaba tremendamente triste. Un día salí de casa y me derrumbé en la calle. Tenía las defensas por los suelos y llamaron a una ambulancia. Entonces, caí enferma y estuve ingresada durante un mes y medio. A mi hija se la llevaron sus abuelos paternos, los padres de Miguel, y la tienen ellos desde ese día”.

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En julio del pasado 2014 Verónica salió del hospital y finalizó su relación con Juan, muy a su pesar: “yo en verdad no quería dejarlo porque estaba realmente sola, pero quise ser fuerte y lo hice sin tener dónde ir”. Entonces, después de acudir a varios centros de beneficencia le recomendaron pasarse por el Comité AntiSida para ofrecerle un apoyo acorde a sus necesidades: “en cuanto acudí me facilitaron ayuda psicológica y un piso tutelado que comparto con tres personas más con VIH. Pero sé que esto solo es algo temporal. Poco a poco voy recobrando mi salud y tengo muchos planes en la cabeza. Voy a ver a mi hija cuando puedo a casa de sus abuelos y la primera de las cosas que quiero hacer es encontrar un trabajo para empezar de nuevo una vida junto a ella. Me gustaría dar con una vivienda donde poder vivir las dos. Y después convertirme en peluquera. Y hacer unos cursos de estética que me interesan. Y, de paso, sacarme el carné de conducir…”.

Verónica desea hacer muchas cosas, tantas, que solo desea hacer las mismas que el resto del mundo. Ese llegar a ser inalcanzable que para unos es tan residual y, para otros, tan residualmente deseable. “Verónica significa victoriosa”, le ha contado un amigo cercano. Y al decirlo no puede evitar sonreir porque así ella desea sentirse, así ella se quiere pensar. Como conquista de sí misma. ♦ Pilar Devesa – Valencia

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